domingo, junio 14, 2009

Hoy domingo me entero de la polémica, una más, que han tenido las crónicas y críticas de Boyero, esta vez en el Festival de Cannes. Hace no demasiado, ya hubo una polémica con una serie de realizadores españoles, muy vanguardistas y "artistas" ellos, que acusaban al crítico de defender el cine hecho en el imperio y poco menos de cerrar la puerta a experimentaciones cinematográficas en este país. Mucho poder e influencia otorgan al peculiar crítico salmantino. No establezco yo fronteras tan nítidas en la creación cinematográfica, a la que siempre considero arte y entretenimiento en cualquier caso, y me resulta muy pobre la visión de los que lo hacen con tanta facilidad, para legitimar una obra propia en algunos casos. Hace muchos años que leo a Boyero y, frente a los que aseguran que interpreta un personaje, siempre he mantenido que se trata de un escritor sincero, visceral, amargo, ofensivo y apasionado a la vez, con sus manías personales, con sus "amores" y sus "odios", pero me parece siempre sincero y su "personaje literario" está estrechamente vinculado al "real". Tal vez no sea esa la cuestión primordial, pero la subjetividad, por encima del clasicismo o del academicismo, es defendible siempre en la creación literaria (así como en la creación cinematográfica). Boyero escribe, con talento, como piensa, así de sencillo. No es tal vez un crítico cinematográfico al uso, no desmenuza una película con pomposas frases técnicas o con una manida retórica, sino que nos cuenta con estilo propio cómo se ha emocionado, o aburrido, con una línea de diálogo, con una imagen o con una interpretación. Será discutible la forma, será muchas veces ofensivo para los realizadores (traspasando la línea de lo personal), pero no olvidemos que esas personas se exponen con su expresión cinematográfica y con su actitud pública a otro tipo de expresión, la crítica. Por supuesto, estoy de acuerdo en que la crítica a la crítica es perfectamente legítima, aunque las más de la veces creo que resulte tan baladí como pueril y solo alimente egos. Pero me parece que hay algo más. Frente al papanatismo intelectual, o más bien seudointelectual, que se da en este país (que es el que conocemos mejor), Boyero no se casa con nadie. Bienvenido sea alguien con la valentía y "subjetividad", frente a los aplausos "generales", de decir que Von Trier ha perdido definitivamente el norte (no creo que nadie inteligente puede tomarse en serio pretenda que lo encierren por decir esto), que el endiosado Almodovar hace tiempo que es un bluf o que la última obra de Guerín es todavía más aburrida. La pluralidad, alimentada por la controversia, y el cuestionamiento de los mitos son esenciales para una cultura más rica y poderosa.

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jueves, abril 23, 2009

Hacía tiempo que no me emocionaba, de verdad, en una sala de cine. The Visitor, película dirigida por Tom McCarthy, logra esa magia, no demasiado habitual en la actualidad, de conjuntar calidad humana y cinematográfica. Se trata del mismo tipo que nos regaló ya otra obra excelente como es The Station Agent (distribuida en España con el incalificable título de Vías Cruzadas), que tanto tiene en común con esta nueva película. Hay quien dijo que un artista está condenado a tratar de repetir, y tal vez ae perfeccionar, una misma obra. Se cumple, curiosamente, en el caso de este guionista y director (lo que se suele llamar un autor, sin que yo establezca una frontera clara entre quién lo es o no) norteamericano con dos obras notables que no dejan a un lado su compromiso social y humano, sin caer en la sensiblería ni el esquematismo, con personajes bien trazados e historias solidas, hondas e incisivas. En el caso de The Station Agent, se trataba de un hombre corta estatura, que trataba de escapar geográficamente de un mundo plagado de crueldad y estupidez, al que acaban introduciendo forzosamente en la vida gracias a la comunicación y a la empatía con otros seres. En The Visitor (la distribuidora nos ha privado esta vez de un título rídiculo en castellano), el protagonista es un maduro profesor de economía, hecho nada casual en el estupendo guión al recalcar la contradicción de un mundo globalizado en el que no ha desaparecido la injusticia, de vida gris y carácter rígido y amargado, decidido a refugiarse de un mundo al que tal vez no se ha enfrentado nunca, empecinado en confundir pasión con talento en un penoso intento de llenar un evidente vacío existencial. Este hombre descubrirá la magia vital y el amor al solidarizar con personas que lo han tenido y lo tienen mucho más crudo que él en sus nada fáciles vidas. Inmigrantes que han huido de la miseria y de la represión para encontrar, finalmente, algo parecido en el llamado "país de las libertades". Llamativo resulta, en algunas secuencias espeluznantes por la violencia presente de una manera o de otra, que la mano de obra de la que se nutre la maquinaria estatal para reprimir a personas de otras culturas esté formada mayoritariamente por negros e hispanos, personas retratadas con acierto en el film de manera muy impersonal, aparentemente ajenos sentimentalmente al drama humano del que forman parte. No está exenta la historia de cierto análisis político post 11-S, en el que el Gobierno norteamericano contempla las cosas en blanco y negro sin que se reconozcan derechos para los inmigrantes, ni de mordaces diálogos acerca de cómo son y actúan los verdaderos terroristas, personas poderosas sin ningún vínculo con los desposeídos. Hay muchas secuencias memorables en esta película a la que es difícil encontrar peros (o, al menos, quedan diluidos por la fuerza del conjunto), destacaría el estallido del protagonista en el centro de detención de inmigrantes (cárcel, en toda regla) reclamando a voz en grito la vida que le han arrebatado a su amigo, o ese final en el que el viejo profesor, dejando a un lado convencionalismos de una vida gris y sin sentido a la que ya ha renunciado, queda impregnado de la vitalidad y la pasión de su amigo. Richard Jenkins, rostro que nos resulta familiar porque le hemos visto decenas de veces como un impagable actor de reparto, nos obsequia con una emotiva interpretación en un papel a la altura de su talento.

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Empezaré diciendo, ya que creo que voy a ser una de las pocas voces críticas (y, seguramente, en mi línea habitual, algo gruñona, pero alguien debe hacer el "trabajo sucio"), en esta sociedad demasiado autocomplaciente, que no está exenta la oscarizada película Slum Dog Millionaire ni de valores cinematográficos ni de elementos humanos y sociales de interés. Sin embargo, paso a continuación a tratar de explicar, desde puntos de vista que se alejan de lo meramente cinematográfico (es también la grandeza del cine para mí), por qué esta exitosa película me ha parecido de lo más detestable. Mi interés y curiosidad hacia el film aumentaban, paralelos a cierta predisposición crítica (por qué negarlo), a medida que se producían el boca a boca del entusiasta público, los numerosos premios recibidos, los elogios (casi unánimes) de la crítica y las diferentes polémicas servidas por el enfoque hacia la visión de la India más miserable. Por otra parte, la controversia también crecía, no sé yo si como parte de una estrategia de mercadotecnia para vitalizar aún más la carrera comercial del film, cuando sale a la luz que los chavales protagonistas, de origen humilde como en la ficción, van a ser devueltos a su mísera vida en los suburbios después de haber vivido unos días el "sueño americano" en Hollywood. Esas críticas, absolutamente polarizadas, partían tanto de aquellos que creen que hay mucho de visión neocolonial en el film (matizable, pero me siento más cercano a esa opinión) y los que consideran que las imágenes de la película ponen demasiado el foco en la miseria, algo que trata de ocultar la propia industria cinematográfica india, muy productiva y, por lo que he oído ya que yo la desconozco, pobremente folclórica (tampoco tengo excesivo interés en salir de mi ignorancia al respecto). Vista en su conjunto, la historia lastra mezquinamente los aspectos sociales y controvertidos del film (la prometedora secuencia del chaval sumergido en los excrementos, las torturas policiales que provocan los flash-backs explicativos, la razia religiosa…) en una fábula de final feliz y colorista, con unos, eso sí, divertidos títulos de creditos finales que homenajean al "género" que pertrecha Bollywood, pero dejando claro el vigor y el seudovitalismo de una historia del gusto del Hollywood más banal y mercantilista. El realizador Danny Boyle, previendo algunas críticas por el último tramo del film, ha declarado que no podía darle un final triste a la historia después de lo que había sufrido el protagonista. No comparto evidentemente esa visión, y será muy legítimo explotar el gusto de la gente por los "cuentos de hadas", pero dada la naturaleza de la historia y su potencial, se echan en falta grandes dosis de ironía y un incisiva crítica social, política y económica. No era ese el objetivo, con total seguridad, del director de Transpoitting.
El mismo título del fim es una síntesis perfecta de los que nos van a narrar: el "perro de chabola" que se convierte en millonario en un concurso televisivo de formato globalizado (aspecto omnipresente en la historia, como esa empresa de telefonía hindú que trata de engañar a sus usuarios británicos), gracias a su esfuerzo personal y a una suerte de determinismo místico de lo más detestable. No hay, sin embargo, respuesta para el determinismo social que sufre gran parte de la población (entre la tradición que divide a las personas en castas y la posmodernidad globalizadora y pobremente nihilista no parece haber ningún espacio ya para la revolución). Tan solo un paria logrará salvarse, dando la vuelta a su innata desgracia, gracias al exitoso concurso que mantiene una vana esperanza en millones de personas, tal como se puede ver en la últimas y vergonzantes secuencias. Según la historia del film, estaba escrito. Lo dicho, abominable.

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No es una película fácil de ver, ni fácil de digerir, la producción francesa La cuestión humana. Estrenada solo en los Cines Verdi de Madrid -desconozco si ha encontrado distribución en el resto de España-, relegada a una pequeña sala, pero que encontrará, gracias a los milagros del boca a boca y del "buen lenguaje" su público, estoy seguro.
El protagonista, un tipo ilustrado, carente de escrúpulos, sicólogo al frente de un departamento de recursos humanos de una multinacional (esa "cuestión humana" que actúa como eufemismo en el lenguaje para encubrir el horror), un perfecto esbirro, tan frío y técnico como el sistema al que sirve -y como el propio film, en gran parte de su metraje-, pasará por un proceso de leve humanización y de sensibilización -tal vez, siendo muy optimista, irreversible y esperanzador-. Un proceso de concienciación paralelo al de resquebrajamiento del pequeño y mezquino mundo que habitaba. El encargo que le hace la empresa de vigilar a un directivo debido a su extraño comportamiento -quizá, resumido en que se trata de un comportamiento demasiado humano-, le hará descubrir las raíces totalitarias de un sistema en el que él constituye una terrible pieza más del engranaje -la reflexión final de un antiguo empleado sobre el lenguaje "técnico", frío y neutro, que se emplea para maquillar la realidad no tiene precio-. Los métodos sistemáticos de eliminación de vidas humanas empleados por el nacional-socialismo no distan demasiado de los utilizados por la gran empresa en sus técnicas de selección y de reestructuración.
No es una película que hable de un solo holocausto, sino de muchos, de esos holocaustos que están instaurados en nuestra cotidianeidad, de los holocaustos que no nos son ajenos ni podemos ya buscar subterfugios de ningun tipo para eludir nuestra responsabilidad en ellos -no se trata de buscar culpables ni autoculpabilización, se trata de ser más conscientes de la posición que tenemos en el sistema-. De los holocaustos, en definitiva, inherentes a un sistema económico y sociopolítico que tiende a maquillar la realidad -y se vale para ello del lenguaje, tan necesario y tan pervertido-.
Muchos son los planos, secuencias sugerentes en un film que no elude su compromiso radical de denuncia de un mundo deshumanizado ni suaviza un ápice en ningún momento su fuerte propuesta. Desde los crueles rituales iniciáticos de los jovenes directivos hasta la violencia policial -estremecedora resulta una breve secuencia al respecto-, hay una conseguida emulación técnica y estética de la parafernalia nazi. En una de sus inteligentes líneas de diálogo, el veterano y hastiado directivo le recuerda al joven empleado, cuando éste inicia su seudoinvestigación, la etimología de la palabra "archivo" aludiendo a la palabra griega arkhé. El arkhé tiene dos acepciones, que son en realidad complementarias; es tanto la "autoridad" (el "orden social", donde mandan los hombres o los dioses, de ahí la palabra "anarquía" como negadora de dicha autoridad), como la "fuente" o "principio", lo originario (un concepto importante en los albores de la filosofía griega). Creo que este diálogo resume el espíritu del film y resulta esclarecedor sobre los descubrimientos que realizará el protagonista del mundo en que vive.
Ya digo, una obra difícil, densa, probablemente imperfecta -al menos, según los cánones narrativos clásicos-, pero que tiene muy claro qué quiere contar y, probablemente, cómo hacerlo. Puede gustar más o menos esta película, pero dudo mucho que deje a alguien indiferente. Frente a tanta banalidad hija de la posmodernidad, recomiendo la proposición de La cuestión humana, que reflexiona sobre los horrores que ha conllevado el mundo moderno -ese monstruo llamado "razón técnica"-, sobre cómo ha fracasado y se han pervertido sus valores en un mundo deshumanizado, y su conexión con la sociedad de hoy en día.
Atentos todos aquellos mercaderes y especuladores que niegan la "memoria histórica", porque este inteligente y comprometido film es un mazazo para sus intereses.

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Me gustó la premiada película israelí Los limoneros. Y bastante. A pesar de la buena prensa que tenía esta obra, era bastante cauto ante las premisas de una historia -junto a un edulcorado cartel que echa algo para atrás- que olía a buen rollo sobre el conflicto sangrante entre palestinos e israelíes con el que es imposible ser equidistante.
Salma, la viuda palestina protagonista, persona humilde cargada de dignidad que vive en la frontera entre Israel y los territorios ocupados, tiene que ver cómo se muda al lado de su hogar el propio ministro de seguridad del Estado de Israel. En la parafernalia de seguridad que se monta, se toma la decisión de talar los limoneros de Salma -su medio de vida-, posible escondite de terroristas, y la palestina decide enfrentarse al propio Estado israelí -el ministro también se llama Israel, decisión narrativa nada sutil- con medios legales -la justicia de un Estado democrático, capaz de tomar las decisiones más sangrantes en nombre de la seguridad-. Por cierto, el apellido de la protagonista -"Zidane", y el homónimo ex-futbolista aparece también en un póster-, ¿es tal vez un guiño a la cuestión "de clase"? -"árabe pobre, árabe rico"-.
El "pequeño" drama de esta mujer -que varios personajes se empeñan en señalar como una menudencia ante auténticos problemas de otras personas- actúa como símbolo, con muro incluido, de una situación de intolerable represión. Eran Riklis, director de la cinta, ha afirmado que trató de hacer una película nada maniquea en la que todos los personajes expusieran sus razones. Muy loable me resulta esto a priori, pero el peligro de mostrarse distante -incluso, eso a veces tan mezquino de ser equidistante- ante los abusos de los poderosos era algo que permanecía como una sombra amenazadora en este atractivo film. No cae en ello, a pesar de que durante gran parte del metraje esa amenaza me resultaba casi como una losa -probablemente, se ha jugado con ello de manera inteligente-. Tampoco cae, afortunadamente, en la sensiblería y sí en la sensibilidad y en la belleza, a pesar del drama, en numerosas secuencias -como esos limones cayendo del árbol, que despiertan a la protagonista y podemos contemplar una vez más su bello y sereno rostro-. La película, tal y como se ha dicho, y más allá de nacionalidades, lo es fundamentalmente de personas. Y la cosa funciona. Los personajes están admirablemente trazados, incluso los que corrían mayor peligro de ser víctimas de una lectura unidimensional como la poderosa familia israelí. El ministro, implacable y teatrero de cara a la opinión pública, está determinado por su condición de hombre de Estado. Su mujer tomará conciencia ante una situación que, tal vez, hasta ese momento no había vivido en persona. Quizá es también poco sutil ese plano que te muestra a una atractiva militar israelí -la presencia de mujeres en las instituciones, como esa jueza que dictará la sentencia final, para nada garante de justicia de un Estado considerado democrático, es otro de los atractivos de la película-, que acompaña al ministro en todo momento, y que vendría a significar un asomo de crisis en el matrimonio es tal vez un subrayado innecesario. Las decisiones como gobernante del ministro, indisociables de su vida personal, me resultarían suficientes para que su mujer se replanteara su vida -en una especie de "torre de marfil" o "cárcel de oro"-. El paralelismo entre las dos familias y entre las dos mujeres -si Salma es digna y valerosa desde un principio, su vecina israelí se redimirá al respecto al final de la cinta-, de inaceptable contraste, es otro atractivo narrativo llevado a la práctica cinematográfica con eficacia. En ambos casos existen hijos en Estados Unidos -cómplice del Estado sionista y falsa tierra de las oportunidades-. Una estudia con todas las comodidades y justifica y comprende a su padre -a Israel, en suma-. El hijo palestino es un humilde trabajador que, sin embargo, se muestra contento de haber abandonado aquel infierno y aconseja a su madre hacer lo mismo -algo que, obviamente, no hará nunca-. No voy a desvelar nada más sobre este notable film, pero sí expresar la coherencia que posee en su conjunto y en su resolución -por llamarlo de alguna manera- de sus diferentes vertientes narrativas: como el conflicto del matrimonio israeli o la historia de amor de la mujer palestina con su abogado -personaje no necesariamente inicuo, pero finalmente coherente con cierta manera de entender la justicia-, por no hablar del conflicto central de los limoneros -insertado en el aparato jurídico de Israel, que llega hasta el llamado Tribunal Supremo-. Los personajes no son para nada planos, incluso hasta el más secundario como un "simpático" recluta israelí o un eficaz guardaespaldas que asegura "cumplir órdenes sin pensar" -"¿por qué no piensas?", le espeta la propia persona que quiere proteger-. Un último detalle: el atentado que se produce, que se produce en pleno "conflicto de los limones", sin que aparezcan terroristas por ningún lado y que justifica la acción militar sobre el propio hogar de Salma, ¿quién lo realiza?; no hay respuesta al respecto, lo cual es inteligente y significativo sobre la posibilidad que sea una maniobra del Estado de Israel.
Recomiendo enormemente el visionado de este film, en el que están presentes elementos sociales de los que se puede hacer una valiosa lectura libertaria: represión estatal -por muy "moderno" y "democrático" que sea ese Estado-, lucha de clases -apropiación o eliminación del medio de vida de las personas, lo que conduce a situaciones desesperadas-, opresión religiosa -ya digo que el film se muestra ecuánime y reparte adecuadamente al señalar el drama de Salma-.

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Tropa de élite es una película brasileña que, siguiendo la línea de otra obra magnífica como Ciudad de Dios, recrea con una tremenda, y difícil de digerir, verosimilitud la cruda realidad de las favelas brasileñas. La narración se realiza, con el uso constante de la voz en off, desde el punto de vista policial; no una policía convencional (retratado como corrupta y sin actuación en los barrios marginales), sino un grupo de élite de formación militar (una instrucción, que riámonos de La chaqueta metálica), al que alude el título, que actúa usando métodos salvajes (torturas y asesinatos sistemáticos) al considerar la situación un "estado de guerra". En la película no hay una mirada amable para nadie (traficantes [aunque no hay personajes protagonistas ni mínimamente trazados], policías de diverso pelaje, ONGs, niños bien con seudoconciencia social y análisis superfluo de la realidad), no hay un punto de vista cómodo ni soluciones fáciles (quizá la principal virtud del film es que expone con inteligencia una realidad terrible en la que grupos armados se alimentan mutuamente con sus acciones), que puedan adoptar espectadores bienintencionados, en una situación social terrible en la que las fuerzas represivas del Estado actúan sin ningún respeto por los derechos humanos. Un viaje a Brasil de ese Papa reciente, al que tanto le gustaba moverse de sitio, en el que se empeña en dormir cerca de las favelas (cosas de los que aman tanto a los pobres, que desean su perpetua existencia para justificarse ante su Dios), lleva a que esa élite policial tenga que "limpiar" la zona para la protección del líder católico (no sé si la gente se parará a analizar esto, pero es de una valentía argumental tal, que ya justifica esta obra). Una ONG que opera en las favelas (haciendo no se sabe muy bien qué), con el consentimiento del que está al mando de los criminales (el director ha comentado que es una realidad que para ayudar a los chavales de la favela tienes que hacerte amigo de las traficantes), está integrada por niños bien que juegan a concienciados y se dedican más bien a consumir droga (quizá el retrato de estos personajes es la parte más floja de la película, pero insisto en que los personajes más destacados son policías). El principal protagonista, dueño de la voz en off y comandante del grupo de élite (para que nos hagamos una idea, van de negro y su símbolo es una calavera atravesada por un puñal), es uno de los personajes más siniestros que he visto recientemente en una pantalla; desequilibrado emocionalmente (va a ser padre y eso le hace cuestionarse su puesto, no es que se cuestione lo que hace), tremendamente eficaz en su profesión (los asesinatos y tortura de delincuentes, y cercanos a ellos, no le suponen un problema), humano a ratos (le obsesiona la muerte de un "cohetero", un chaval que ayuda a los traficantes avisando de la presencia policial), es un personaje muy, muy bien construido, lo que facilita que la película funcione extraordinariamente bien. Otro madero, inteligente y supuestamente idealista (aunque esto apenas se sostiene a lo largo del metraje, y su final no resulta tan sorprendente), se dedica a estudiar derecho (se debate entre la labor policial o jurídica) y tiene que hacer un trabajo con esos niños pijos sobre el análisis social de Foucault. Otro elemento valioso en el guión es la presencia de la imprescindible obra del filósofo francés Vigilar y castigar, en la que se concluye que no existen ningún contrato en la sociedad, que el Estado genera instituciones represivas para controlar y establecer una constante justicia punitiva (el madero entiende muy bien a Foucault y quizá esté de acuerdo con él, pero considerando necesaria esa situación [y, tal vez, parte de los espectadores, pero espero que invite al menos a la reflexión esta película sobre un barrio marginal de uno de los países más desigualitarios del planeta]).
El análisis de Foucault, tal y como apunta un profesor universitario en la película, va más allá del control estatal. Sugiere que existen en la sociedad moderna todo una serie de microcosmos (diferentes niveles sociales donde se ejecuta lo que él llama "prisión continua"), donde se llevan a cabo los sistemas de control de poder y conocimiento (dos términos interrelacionados). Desde las cárceles de máxima seguridad hasta nuestra vida cotidiana está presente esa "normalización" por parte de unos seres humanos sobre otros (de manera consciente o no).

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sábado, mayo 31, 2008

Llevo tiempo sin escribir aquí, dedicado a otros menesteres y a otras escrituras. Pienso sinceramente que no aportaban demasiado las entradas de un blog con un título demasiado ambicioso y unas intenciones que tal vez escapaban a mi modesta capacidad: desmenuzar, desde un punto de vista muy personal, las ideas que se esconden en las películas. Esto es lo reivindicable para mí, que todas las obras fílmicas esconden ideas, valores de diversa índole, intencionalidades políticas -o al menos reflejo de su tiempo-...; detrás de la idea de "mero entretenimiento", no hay más que un reduccionismo pueril, unos muy malos tiempos para la reflexíon filosófica. No creo, por supuesto, que todo esto que estoy diciendo esté reñido con la diversión delante de una gran pantalla, con el espectáculo, pero sí consideró el cine como arte (elevación de los sentidos para el espectador). Naturalmente, habrá muchas obras que estén subordinadas a cuestiones meramente comerciales y espectaculares, otra forma de limitarse, ya que esos parámetros comerciales son algo abstracto para mí, pero rara vez podrán estar exentas las artes narrativas y escenográficas (y en el cine confluye todo) de aquello que digo. Vamos, eso es lo que yo opino. Las acusaciones de "politización" también me parecen mediocres y reduccionistas, todo tiene una lectura política y el arte también. En fin.

Lo que sí hago es ir al cine con cierta frecuencia. No está la cartelera madrileña para muchas alegrías, no he visto nada auténticamente memorable. Otro problema para los que somos tan exigentes, la insatisfacción continua, va a ser lo mío de terapia. Es broma.

Casual Day me pareció una buena película. Tiene una historia muy concreta que contar, buenos actores (aunque Juan Diego está de nuevo algo excesivo y Luis Tosar pide a gritos un papel amable en una comedia) y una más que correcta factura. Para todos aquellos que disfrutaron con Smoking Room, esta película está muy emparentada (mucho más que con la artificiosa El método -muy superior la obra de teatro original-, con la que también se ha comparado). Los personajes caen algo en el estereotipo y las situaciones resultan convencionales, pero ya digo que se tiene tan claro lo que se está narrando que la cosa funciona. Todo lo que sea ahondar en estos tiempos de mezquindad y cobardía laboral, traiciones continuas a uno mismo e hipotecarse la vida en aras de la seguridad o comodidad bienvenido sea.
Siempre se espera mucho del ya octegenario Sidney Lumet (bendita sea su capacidad para seguir currando) y lamento decir que me pareció muy fallida su Antes de que el diablo sepas que has muerto. En esta película no creo que estén bien trazados los personajes y no está claro el conflicto de cada uno de ellos más allá de la anécdota (crisis económica, mala suerte, estupidez, adicción, corrupción...). Marisa Tomei es una actriz limitadita, que tampoco es tan atractiva físicamente como para estar enseñando sus gracias en tantas películas olvidables, Ethan Hawke es otro que tal, con cara perpetua de no saber dónde está el profesor Keating, y Philiph Seymour Hoffman es un buen actor al que ya le está apareciendo algún que otro tic. Albert Finney, padre de la función, está espeluznante en su papel (no sé si es el papel o es él). Si se hubiera profundizado un poquito más en esa familia que se adivina llena de mezquindades (esa hermana, que se intuye hipócritamente correcta y fanática religiosa, que apenas aparece). Ah, y la fragmentación narrativa (que no invento Tarantino) no está mal, pero... ¿aporta algo más allá de salirse de lo habitual?
Un poco de chocolate es otra película española con buenas actores y una de las cosas más malas que recuerdo en mucho tiempo. Se ha tachado el film de vitalista (se habla del Alzheimer, o de una enfermedad similar), pero no es más que una sucesión de anécdotas sin importancia, aburridas y mal hilvanadas. A modo de ejemplo, la deriva de la película le hace apelar en algún momento también a la memoria histórica y el personaje protagonista (Héctor Alterio) saca, sin venir mucho a cuento, un carnet de la CNT en el que se puede leer República de España. Hay que decir que tal documento no existió nunca.
Cambio radicalmente de tipo de cine. Siendo un chaval leí y me espeluzné con La niebla, de Stephen King. Cuando crecí un poco dejé de atender a un King cuyas historias se me quedaban cortas, aunque hay que decir lo bien que suelen quedar en la pantalla y los muchos buenos directores que han adaptado sus novelas. El "experto" en esas adaptaciones Frank Darabont (un tipo que dirigió Cadena perpetua se merece más oportunidades) ha decidido ahora adaptar aquella novela, de las pocas tal vez que quedaban sin versión fílmica. El resultado es más bien extraño, aunque con cierto atractivo y con un tramo final osado, negrísimo y que resulta un mazazo desconcertante para el espectador. La historia no daba para mucho, pero Darabont decide alternar las concesiones más ridículas a la comercialidad (la primera aparición de un monstruo resulta olvidable) con ciertos análisis de la naturaleza humana (más cercanos a Hobbes que a otros, con cierta ironía sobre la creación artificial y autoritaria de la política y de la religión) y de nuestra supuesta condición civilizada. La cosa funciona a medio gas: se alarga demasiado el fanatismo religioso, que va ganando adeptos ante la inexplicable crisis que escapa a toda visión racional; las intenciones son ambiguas (cosa que resulta tal vez una virtud en este tipo de historia), al mencionado integrismo religioso se une una denuncia de la investigación científica al servicio de lo militar (pero el argumento es tan ridículo, que poco queda de eso), de una racionalidad utilitarista, jurídica y escéptica (que tampoco va muy allá, en el personaje del abogado; por cierto, que este tipo de color convenza a los de su raza para que le sigan no sé si habría que analizarlo), y los monstruos resultan el despiporre de lo fantástico (no voy a desvelar de donde surgen, aunque parece claro desde el principio), con alguna secuencia sacada de Aliens. Merece la pena disfrutar de una gran actriz como Marcia Gay Harden, a la que suelen dar papeles de perturbada. Una curiosidad es que existe otra película con este título, dirigida por John Carpenter y sin nada que ver con King, con una utilización de la amenaza nebulosa mucho más inteligente y un argumento más solido (sobrenatural también, pero con unas ironía impagable). Al comienzo de esta película de Darabont, se ve en el estudio del protagonista, pintor de carteles de cine, un trabajo suyo para La cosa, otra buena película también de Carpenter. Tal vez sea un guiño cinéfilo y algo extraño.

lunes, mayo 12, 2008


Rififi (cuyo título original Du rififi chez les hommes, dirigida en 1955 por Jules Dassin, que realiza también con talento un papel en el film) figura, con todo merecimiento, entre los grandes títulos del género negro (en concreto, en el cine de atracos). Su complejidad y riqueza, la gran influencia que ejerció sobre el cine posterior, hace que sea una obra que brille con luz propia en la historia del género. Especialmente memorable es la secuencia (que dure tal vez más de 20 minutos) en la que realizan, con precisión matemática, sin diálogo alguno, el robo (por la técnica del butrón, aunque según me han dicho, durante un tiempo, dicho método se conoció en España como "hacer un rififí"). Después del éxito de la empresa, en una primera parte que funciona como un mecanismo de relojería, un último tramo de la película en la que se produce un trágico destino para los protagonistas supone que el codiciado botín sea casi un McGuffin hitckconiano. Los protagonistas, debido al descuido del gusto por las faldas de uno de los miembros de la banda (una especie de imperfección en un sistema aparentemente perfecto, que da lugar a la teoría del caos), personaje que interpreta el propio director con sentido de la ironía en principio y asumiendo su fatal destino después, serán víctimas de hampones rivales, que pretenden disfrutar de un botín que no se han trabajado. Y el espectador en ese punto está plenamente identificado con esa banda de "profesionales" que ha ejecutado un golpe maestro. Eso es precisamente lo que se ha alabado de esta gran obra, su capacidad para implicar al espectador convirtiéndole en un protagonista más. Tal vez, cierto moralismo, no demasiado molesto (comprensible también, ya que se producen víctimas colaterales en el mundo del crimen) es el punto más débil del film; un gran acierto desde mi punto de vista es que la policía apenas aparece durante el metraje, siendo únicamente una amenaza de la que se presume que el espectador es consciente. Junto a algunos títulos de Jacques Becker y de Jean Pierre Melville es una de las grandes obras que ha generado la cinematografía francesa. Como tantas veces, de un material literario discutible se realiza una maravilla cinematográfica. Truffaut dijo lo siguiente de Rififí: “...De la peor novela policíaca que jamás leí, Dassin hizo el mejor film de cine negro que jamás hubiese visto. Todo es inteligente: el guión, los diálogos, los decorados, la música... La dirección es un prodigio de recursos e inventivas. Dassin rueda el film en la calle bajo el viento y la lluvia, y descubre París a los franceses, igual que les descubrió Londres a los ingleses y Nueva York a los norteamericanos. Tras las sonrisas de los tres actores – el amargo Jean Servais, el luminoso Robert Manuel y el triste Jules Dassin, a pesar de sus toques de humor- adivinamos al cineasta; un hombre tierno, indulgente y amable capaz de contarnos una ennoblecedora historia de personajes perseguidos por su destino...”.

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domingo, mayo 11, 2008

Para los que crecimos leyendo tebeos de la Marvel, no deja de ser una curiosa vuelta a la niñez (reconstruida) la contemplación de las numerosas adaptaciones cinematográficas que esa compañía tiene en la actualidad (me parece que, incluso, ha sido salvada de la quiebra gracias a Hollywood). La indignante ausencia de ideas de los guionistas y las modernas posibilidades tecnológicas permiten trasladar fielmente el barroco universo superheróico a la pantalla. El imaginativo Stan Lee (creador de la mayoría de estos personajes), que hace divertidos cameos en todas y cada una de las adaptaciones, puede presumir de una cosa, los códigos que estableció en los años 60 para sus creaciones permanecen prácticamente intactos, casi medio siglo después, en sus versiones fílmicas actuales. Otro ejercicio nostálgico es recordar aquellas series televisivas de algunos de estos personajes, que, a diferencia de las películas de ahora, poco o nada tienen que ver con el material que les dio origen; un increíble Hulk con físico de culturista, más emparentado con programas tipo El fugitivo que con el cómic, o un hombre-araña que no pude contemplar en mi adolescencia (gran frustración, Peter Parker era mi héroe más identificable) al ser inédita la serie en nuestra televisión y estrenarse únicamente un par de largometrajes muy mal distribuidos. Era la época del Superman de Richard Donner (no sé si hace falta decirlo, pero el héroe kriptoniano pertenece a DC, la compañía rival de Marvel), quizá una de las adaptaciones más modélicas, con el equilibrio justo entre respeto al material fundacional y un leve tono paródico que compensaba aquellos códigos maniqueos, incapaces de sostenerse décadas después. Los personajes Marvel, posteriores a los planitos Superman o Batman, pretendían dar un enfoque más humano al universo superheróico. Spiderman era, en realidad, un adolescente con los problemas propios de su edad; los X-Men (llamados Patrulla-X por la añeja editorial Vértice) venían a ser un clandestino grupo de marginados por su condición de "freaks", por mucho que lucharan contra el mal; Los 4 fantásticos, como sabemos por sus actuales adaptaciones (muy "ligeritas" y por eso, tal vez, muy fieles al cómic) eran una familia que actuaba como tal... El superhombre extraterrestre, en aquellos tiempos, no parecía sufrir el paso del tiempo (cosa que si ocurría en el universo Marvel) ni terminar de conquistar a su amada Lois (impagable la reflexión que hizo Tarantino en Kill Bill 2 sobre la identidad de Clark Kent), los tebeos del hombre murciélago parecían más preocupados por el contenido del cinturón del héroe, que le sacara de algún apuro, que por darle algo de humanidad al personaje. Tendrían que pasar bastantes años para que los cómics de la DC, con un universo tal vez más flexible debido a sus carencias y falta de coherencia, fueran capaces de reinterpretar sus personajes contando con grandes autores y aportando notables obras: es ya historia ese Batman, el señor de la noche de los 80, con un personaje crepuscular enloquecido situado en una Gotham decadente (producto de situaciones políticas y toda suerte de perversiones, que empiezan a aparecer en este tipo de historietas) enfrentado a un Superman convertido en una especie de supersoldado títere de un gobierno ultraconservador. Muchos aficionados al cómic sentimos que el muy cuidado y decepcionante Batman de Tim Burton no contara argumentalmente con un poquito del complejo material de Frank Miller. Pero en el siglo XXI las adaptaciones Marvel parecen ganar la partida a las de la DC (sin olvidar ese gran Batman Begins de Nolan, complejo e introspectivo al estilo Miller, y tirando a la basura el Superman Returns de Bryan Singer, convirtiendo al héroe en una irritante deidad). Iron Man creo que no fue uno de los personajes más relevantes ni carismáticos de los cómics marvelianos. Al menos para mí, un multimillonario todopoderoso que simplemente se ponía una armadura tenía menos atractivo que una ameba. Únicamente le recuerdo por su protagonismo continuo en la serie Los vengadores y ser objeto de la burla de algún cachondo personaje con apelativos del tipo "cabeza de lata". Sin embargo, como dije al principio, parece que los códigos de Stan Lee parecen intactos en esta cara producción protagonizada por un redimido Robert Downey Jr.: multimillonario dueño de una poderosa industria que fabrica, entre otras muchas cosas, alta tecnología armamentística, excéntrico, alcohólico (al menos, en la historieta, aquí se refleja algo el pecado, no por fabricar armas sino por ser un juerguista), es hecho prisionero por los malos (en los años 60, el vietcong, ahora un trasunto de Al-Qeda en Afganistán) y acaba adquiriendo responsabilidad (la frase favorita de Lee es "un gran poder requiere una gran...") construyendo una armadura hipertecnificada con la que se convertirá él en un superpolicía. La lectura es que fabricar armas para "preservar la libertad y la paz" no está mal, pero la cuestión es que pueden acabar cayendo en malas manos (que no son las del gobierno de Estados Unidos, por supuesto), por lo que es necesario concentrar el poder y la virtud en menos manos. Un argumento así, con excelentes actores como el ex-golfo Robert Downey o el aquí histriónico Jeff Bridges, podía haber dado lugar a una satira de aquí te espero. Desde que sufro algo así como el síndrome Starship Troopers, hago mal en esperar algo más de este tipo de produccioines.La película, sin que tampoco se tome muy en serio a sí misma, no pasa de ser un divertimento discreto, correctamente realizado, y a veces irritante (la ambigua reflexión sobre la industria armamentística, la preocupación del fabricante de cuando descubre que sus productos acaban matando "jovenes americanos", cuyas vidas todos sabemos que valen más que las de los de esos pueblos de no se sabe muy dónde). Tampoco se podía esperar mucho de un director con el curriculum de Jon Favreau. En fin, espero con ansiedad el nuevo Batman de Nolan (con un espeluznante y fallecido Heath Ledger como Joker), y tengo algo de curiosidad por el Hulk dirigido por Louis Leterrier, un especialista en un cine de acción tampoco demasiado atractivo la verdad, con un espectacular reparto, y donde este Tony Stark/ Iron Man interpretado por Downey Jr. hace un cameo, intentando tal vez darle coherencia a un universo cinematográfico en consonancia con el de su hermano de la historieta.

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miércoles, mayo 07, 2008

Después de la simpática Tapas, la nueva película de Corbacho y Cruz, Cobardes, es algo más que decepcionante. Y me explico. La película, además de bastante floja, es tremendamente pretenciosa, irritantemente pretenciosa. A pesar de lo que digan sus realizadores, se ha pretendido hacer un análisis exhaustivo sobre un tema tan importante que la cosa se queda en discreta a nivel cinematográfico y en casi ridícula a nivel social y humano. Lo que la película pretende, parece ser, es alejarse de todo maniqueísmo en los abusos escolares (que son extrapolabes a todo relación de dominación, como la película también quiere reflejar) y responsabilizar en gran medida a padres y al sistema educativo. Me parecen muy loables estos propósitos, con los que estoy de acuerdo a priori, pero es que, finalmente, el conflicto central y la solución propuesta (Corbacho y Cruz han insistido en que no han buscado dar respuestas, pero, señores, dados los elementos que manejan hubiera sido mejor tomar partido e ir al grano) se pierden en un mar de despropósitos. No sé sabe muy bien lo que te muestra la película (que no tiene que coincidir con lo que se defiende): si el ojo por ojo (al que no hay que confundir con la autodefensa), la resistencia (más o menos pasiva, que es lo que parece hacer el sosaina del protagonista, ya que su propósito es no caer en la delación) o la gran cagada final, que es una especie de táctica chantajista mafiosa (alentada por un personaje insignificante, el del dueño del restaurante, que es víctima del giro de guión más penoso que he visto en mucho tiempo) para buscar un equilibrio de fuerzas. La escena final (que no voy a revelar) es el magnífico colofón para una película que va de más a menos. Esa exposición de los hechos (pretenciosa, muy pretenciosa), según la cual todos podemos ser víctimas o verdugos, que merecería un análisis social mucho más severo y un talento superior, hace naufragar definitivamente el barco. Ese político (de derechas, of course) con convicciones, pero finalmente sumiso a la "disciplina de partido" (topicazo), o ese padre subordinado a una jerarquía laboral (como todo cristo, por otra parte) sirven de modelos a esos chavales abandonados a una especie de jungla escolar. Muy planito, todo muy planito. Y las madres, que parecen contar menos para sus hijos, no sé muy bien si por denuncia de un machismo social, peor aún. La una no se entera de nada y su conducta resulta indignante, interpretada por una Elvira Mínguez que hace lo que puede en el papelón que le ha tocado, y la otra, más consciente pero sin terminar de coger las riendas (un poquito más creíble resulta finalmente este personaje más conservador), le da vida una aplaudida Paz Padilla (con permanente cara de funeral). Los intérpretes adultos, en definitiva, no están mal, pero los adolescentes hubieran necesitado una dirección de actores un poquito más severa (el protagonista, el pobre, tiene menos carisma que una ameba). Por lo demás, la película ha contado con un presupuesto holgado y eso se nota por lo menos en su factura. El tema del abuso escolar (bullyng, termino inglés innecesario) merece un tratamiento más serio en la ficción cinematográfica.

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lunes, mayo 05, 2008

Ni siquiera de adolescente, he sido un gran admirador de las películas de Indiana Jones, y siempre he pensado que Spielberg no era mucho más que un buen director de serie B (venido a más, al contar con grandes presupuestos). Al igual que con la saga de Star Wars (la primera, la que vi de crío; de la moderna, se me escapa su atractivo, debido a tanta perversión digital), la concepción de En busca del arca pérdida y de su protagonista fue tremendamente habilidosa, poco o nada original, conjugando elementos provenientes de seriales de los años 30 y 40, la historietas pulp, y tomando influencias de héroes literarios o cinematográficos, como Allan Quatermain (Stewart Granger en Las minas del rey Salomón), Fred C. Dobbs (Humphrey Bogart en El tesoro de Sierra Madre) o el físicamente más evidente Harry Steele (interpretado por Charlton Heston en El secreto de los Incas). Un referente evidente de la cultura popular, no excesivamente conocido en nuestro país, es el de Doc Savage. Curiosamente, el genial escritor de cómics Alan Moore ha homenajeado, a su vez, de forma menos evidente y más personal, a este héroe en su obra Tom Strong; igualmente, el aventurero Quatermain aparecía en la genial La liga de los caballeros extraordinarios, pobremente llevada al cine a pesar de la interpretación del gran Sean Connery. El héroe cinematográfico interpretado por Harrison Ford (¡qué sería de esta saga sin este actor!) no termina de convencerme, me parece la artificiosa creación (insisto, tremendamente habilidosa) de dos tipos con el síndrome de Peter Pan, alargada (con habilidad) tras el tremendo éxito de la primera entrega (no solo en cine, en televisión y en libros, pienso que sin excesivo interés). Quizás el film que más me convenció es aquel del Templo Maldito, más oscuro y perverso, con un sentido del humor más negro y, tal vez por todo ello, más desconcertante para el gran público y menos apreciado. Echo de menos, en esta redefinición moderna del héroe clásica, un puntito más de nihilismo a lo Sam Peckinpah (o el Bogart de El tesoro de Sierra Madre, ya mencionado), menos moralina políticamente correcta (quizás, no lo pretenda a priori, pero es lo que subyace; ocurre en casi todo el cine de Spielberg). Por otra parte, y sigo generalizando en el cine del director de Tiburón (no quiero hablar al respecto de una serie de los 80 denominada Cuentos asombrosos, auténticamente vergonzante), la utilización facilona de elementos sobrenaturales (bíblicos, convertidos en infantiloides), como son el Arca de la Alianza o el Santo Grial, me resulta irritante; qué películas tan diferentes serían si estas excusas argumentales fueran una especie de McGuffin (elemento argumental que motiva a los protagonistas, pero que en realidad carece de relevancia; fue acuñado por Hitchcock, que lo empleaba con mano maestra).

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